París en llamas

EN MELILLA, PARÍS O EN LAS MINAS DE LEÓN
Joaquín Robledo
El Mundo de Valladolid, 7 de noviembre 2005
Si yo como tres pollos y tu uno las estadísticas dirán que hemos comido dos pollos cada uno. Tu estómago aún reclamará más, tienes algo de hambre. Si yo puedo comer tres uno sólo no debe saciar, pero eres consciente de que soy más fuerte que tú, sabes que si te enfrentas a mí puede que yo termine por comerme cuatro pollos y tú no veas ni las plumas. Callarás, asentirás, porque sabes, además, que tras de ti alguien no se ha comido ningún pollo y sientes miedo, ese miedo que guarda mi viña y paraliza tu frenesí.
Si yo como cuatro pollos y tú ninguno las estadísticas dirán que hemos comido dos pollos cada uno, se congratularán por que ayer yo comí tres y medio y tú tampoco comiste, el aumento de los pollos comidos entre tú y yo ha crecido casi un 15 por ciento, dirán las alegres estadísticas. Podrías protestar, claro, nada tienes que perder, pero si no has comido pollo ¿dónde hallarás la fuerza?¿si te he quitado las gallinas ¿de dónde sacarás los huevos?. Vendrás a dónde yo los he traído, incauto de ti, sin saber que los he vallado, quizá sabiéndolo te arriesgues, pero yo pago guardias, quizá, a pesar de todo, te cueles, quizá logres comer el cuello de un pollo si mantienes limpio mi gallinero, si das de comer a mis gallinas, si barres el corral y limpias mi casa. Pero con algunos como tú me vale, el resto no lograrán tumbar la valla, vencer a mis hombres. Además, bien pensado, si tú haces lo que te pido a cambio de un cuello de pollo ¿por qué voy a permitir que coma uno entero al cantamañanas del párrafo anterior?
Si yo como tres o cuatro pollos y tú uno o ninguno o un cuello de alguno está claro que yo soy el dueño de los pollos y vosotros os miraréis con resquemor, con infinito miedo. Si comes uno no quieres perderle y temblarás con el famélico que acecha, si no lo comes es más fácil acercarte al uno del que come uno que a uno cualquiera de los tres o cuatro que yo degusto. Os peleareis y además de comer disfrutaré viendo a la par como crece mi granja y observando con divertimento vuestras patéticas peleas. Vuestros ojos mirarán con tal fiereza a vuestro contrincante por el escuálido pollo que disputáis que no os entretendréis en alzar la vista y verme, gordo, grasiento, encajonado en mi butaca en la azotea saboreando tres o cuatro de los más lustrosos pollos.
Los muertos de hambre agonizan con los ojos abiertos esperando que alguien como yo reconozca su asesinato.





